Las fiestas de “San Pacho” en Quibdó. Por: RAFAEL PEREACHALÁ ALUMÁ.
Quibdó es una cabecita de alfiler medio de una orgía clorofílica de 113.000 km2 de duración. El pueblo está anclado en la ribera derecha del río más caudaloso del mundo en relación con su curso y consecuente con su embrujo, su nombre está en discusión etimológica. Río “sin trato” dicen unos, otros que por las neblinas que se forman en su delta, por el cual rinde tributo insaldable al sediento Caribe desde los tiempos de la creación, los ingleses le bautizaron abstract; río de gusanos en una versión de los indígenas emberas.
En 1648 aparece en el río Atrato un representante de la alianza entre “la espada y la cruz”. En este caso un representante de la “empresa religiosa”, fray Matías Abad, quien en su labor deculturadora, para los cristianos evangelizadora, se dedicó a esparcir el cristianismo entre los emberaes y a regar el culto de su patrono San Francisco de Asís, con él arranca la tradición Franciscana. Donde quiera que pisaba iba rebautizando a los poblados existentes con el nombre San Francisco de..., en esta forma el nombre colonial, aceptado y promovido por los sacerdotes Jesuitas Francisco de Orta y Pedro de Cáceres, Citará pasó al olvido. Francisco Berro, colonizador español, levantó un acta de fundación en 1702, acta que no se ha ubicado a la fecha.(Velásquez Murillo: 1960). Para la historia especializada quedó también un poblado al frente del actual Quibdó llamado San francisco de Quito, hoy día barrio Bahía de Solano.
El día clásico del seráfico de Asís, el cuatro de Octubre, Fray Matías Abad ofició una misa, en la iglesia que hacía poco había mandado a construir con el nombre del francesito, cuya labor espiritual lo inspiraba. Hizo una procesión bajando el Atrato en balsas de guáduas, conocidas como balsadas y canoas, conducidas por indígenas, presidida por la imagen de Jesucristo y la del sacerdote italiano, hijo de un francés de donde procede su nombre.
1908 marca la
aparición en las festividades de unos nuevos representantes del sacerdocio
romano, llegan los Claretianos. Estos intentan restablecer el ambiente
religioso inicial y terminan siendo guardianes de la parte mística. Un aporte
fundamental de los Claretianos es la labor adelantada por el sacerdote y músico
español Nicolás Medrano Estarriaga, compositor de la letra y música del himno
de San Francisco, igualmente de los gozos en honor al seráfico. Este sacerdote
estableció una escuela de música académica y reorganizó la banda de “San
Pacho”. En su memoria Quibdó bautizó así a un sector barrial muy importante en
la actualidad.
A las doce de la
noche de cada tres de Septiembre, la quibdoseñidad se da cita en el parque
“Manuel Mosquera Garcés”, o en el parque del “Centenario De
La fiesta arranca
con el desfile de las banderas de todos los barrios franciscanos. En el parque
“Manuel Mosquera Garcés”, cada uno elige un abanderado que en el centro del
redondel demuestra su habilidad en el manejo de la bandera de su barrio, con
una espectacular coreografía improvisada.
Para la
investigadora Ayala Santos (2002) el año 1926 marca el tono definitivo del
carácter carnestoléndico de las fiestas. Se hacen desfiles por las cuatro
calles autorizadas, amenizados por el conjunto musical típico de vientos y
percusión mayor y menor, aunque en la actualidad, las maracas y
el trombón tienen menos ejecutantes. La
etnicidad afrochocoana, se va cada vez más imbricando en todo su desarrollo. Es para esa versión cuando se
popularizan los totes, los fastidiosos “buscapies” y otras formas de la
pólvora, como la inolvidable “culebra”.
En el año de 1929
la fiesta va creciendo en nuevos sectores participantes. Los dirigentes
barriales Heladio Candia y Neftalí Cuesta, proponen la adopción de días
clásicos por barrios quedando así: Barrio “Roma o San Francisco”, Septiembre
28,“
En 1930 se
incorpora “El Silencio”; diez años más tarde aparece el “César Conto”,
seguidamente en 1953 es admitido el “Cristo Rey”, siendo su día de anfitrión el
27 de septiembre; 1962 turno para barrio “
Una peculiaridad
de la fiesta sampachera es su autofinanciación. El pueblo quibdoseño, no
espera, ni busca financiación institucional o privada. Él mismo desarrolla
múltiples estrategias para recabar fondos: realiza tómbolas, ventas callejeras,
una urna con una escultura del seráfico le da vuelta todo el año al barrio,
donde los devotos aportan sus óbolos, y así sucesivamente, despliegan
ingeniosas actividades autogestionarias. El antropólogo John Antón Sánchez,
hace unos años verificó una investigación para conocer cuanto cuestan las
fiestas, mas se cree que su estimativo estuvo por debajo de la realidad.
Los
acontecimientos propios de las fiestas, está sujetos a las leyes de la
dialéctica, sus contradicciones, sus cambios, el retorno renovado del pasado y
cosas que aparentemente definitivamente desaparecen. Veamos algunas: El
intercambio de platos típicos ha disminuido ostensiblemente pues los vecinos
han muerto, los hijos se han mudado de barrio, los conocedores de la preparación
han desaparecido, los apremios de la economía, las afugias de tiempo, que no
permiten tan largas y sofisticadas elaboraciones. Por ello la juventud que no
asiste a la “ronda de lo platos típicos”,
organizada por la folklorista y
folkloróga Madolia Dediego Parra, se queda sin conocer la “Sopa de
cachitantas”, la “auténtica” (nos llegó del mundo árabe), el Guarrús,
el Birimbí, los donplines (dumplins,
venidos de los yumeicas, o jamaiquinos), los tumbos,
el Manguéngue, el Champús, etc. Son delicias culinarias
seriamente amenazadas por la erosión de
la etnicidad. No obstante digamos que la fiesta dejó de ser quibdoseña y ahora
es de todo el Chocó. De la vecina provincia del san Juan vienen
contingentes y de los municipios cercanos y aun de los lejanos. Desde hace unos
años, la “sampachería” se ha regado por el occidente colombiano y aun
extranjeros viene a apreciar la fiesta más étnica de Colombia. A ello han
contribuido humanistas como el japonés Kazuyasu Ochiai,
antropólogo que escribió un texto académico en los años ochenta; el periodista
y poeta Alfonso Carvajal Rueda que escribió una novela “El Desencantado De
Las balsadas
reaparecen el 1985. El Bando, donde un personaje típico ordena el reino de la
alegría con un discurso humorístico, picaresco y de denuncia social. A
continuación en una carroza se engalana de las jóvenes de los años veinte.
Los “cabezones” o
marotes, cedieron su espacio a los modernos disfraces. Las “vacalocas”
fueron prohibidas por los conflictos que causaban, las “bolas de fuego” por los
accidentes que provocaban. Los juegos de barriadas, vara de premios, la gallina
ciega, etc, hoy están casi extintos.
El culto de este
santo fue traído a este rincón del mundo, como estrategia deculturadora, para
-combatir las herejías de las falsas religiones-. Pero en cumplimiento de la
ley de la aculturación formulada por el sabio cubano Fernando Ortiz Fernández,
el pueblo afrochocoano, reelaboró a la ortodoxia cristiana del santo italiano.
Así mientras que para os judeocristianos se trata de un personaje lejano, para
el afrochocoano “san pacho”, no es san Francisco de Asís, un personaje
ultraterrenal. Para nosotros es un amigo íntimo, a quien le contamos nuestras
cosas, a quien le pedimos que interceda en cosas divinas y humanas. Su
prestigio lo ratifica el número de milagros que siga realizando, diría, la
antropóloga austríaca Angelina Pollack Eltz, se trata de una religiosidad
afroamericana utilitarista.
En consonancia
con la hipótesis de Zapata Olivella, el enmascaramiento se ve favorecido en
cuanto las virtudes de algo que la cultura dominante desea imponer, Francisco
fue poeta, amante de la naturaleza, hablaba con los animales e incendiario.
Atributos idénticos a los de Inyamba el bantú, sólo que este no
era incendiario sino guerrero y el incendio era únicamente una estrategia en
determinados pasajes de la guerra. El que los afrochocoanos hayamos por siglos
preservado la jungla, se conjuga con el principio del muntú que establece que el hombre es parte de la
naturaleza, por eso debe amarla y cuidarla. Cuando se va a beneficiar de ella
debe pedirle permiso a los orishas y no proceder como enemigo de ella o
simplemente aprovecharse de sus generosidad. Ello se evidencia en las oraciones
y rituales para entrar al monte bravo, en los conjuros a las culebras
venenosas, en la orden que se le da al bejuco “yateví”, Así pues que a los
ojos, no expertos, se trata de una religiosidad que ha deformado al
cristianismo en su ortodoxia. Cuando para el antropólogo religioso ve allí un
sistema religioso nuevo encubierto de cristianismo.
En este marco de
cosas es como se explica la anécdota narrada en “Historias De Mi Barrio”
(Caicedo Licona: 1990), cuando nos cuenta que un quibdoseño san pachero,
después de trabajar más de veinte años
en la marina de guerra, se jubiló y resolvió retornar a su pueblo natal. Una
vez en
Quibdó estaba
amenazado de ser consumido por las llamas en tan gigantesco incendio. A los
devotos se les ocurrió traer como última alternativa, la imagen tamaño natural
y de madera que preside la catedral de Quibdó y pedirle al seráfico que
detuviera el fuego y en la esquina del Pandeyuca con la carrera primera la
conflagración milagrosamente cesó. El
santo sabe a quien le cumple. Este es un santo desacralizado, bajado del
pedestal cristiano y definitivamente humanizado.

El de Septiembre luego de la fiestas de las
banderas, cada barrio tiene la suya con motivos alusivos al santo, excepto
“Cesar Conto”, quien hizo caso omiso del café y el blanco, sus colores, optando
por el rojo y el blanco, otra vez la picaresca caribeña. Sigue la fiesta en
cada bario san pachero. El barrio en su día clásico organiza una misa, desayuno
para los ancianos y un desfile que dura no menos de seis horas, visitando a los
barrios hermanos en medio de los soles más abrasadores o de los aguaceros
diluviales llamados “chocoanitos”. El cortejo lleva adelante el abanderado, que
se releva cada tanto, el portador del bastón de madera, los de la junta del
barrio, luego diez o más chirimías, con los más variados formatos. Les siguen
las comparsas, ahora denominadas Caches, donde aparecen rarísimos diseños en
los ajuares, el colorido es lo dominante, siguen una corte zoológica, de
personajes de la política colombiana e internacional, personajes
extraterrestres.
El ron, el
aguardiente y el biche, van pasando y regresando metiéndole más fuego a la
canícula que todo lo invade, la cual vanamente intentamos combatir consumiendo
hectolitros de guarapo y agua corriente. Las personas que montan
juegos coreográficos, aquí encuentran un mar de creatividades. Un jefe, jefa,
de caché se inventa complicadas expresiones corporales las cuales repiten a la
perfección los veinte o más comparsistas.
Pero el rey del
desfile es una carroza, la cual en su plataforma lleva una estructura
semicerrada y sobre ella una serie de figuras animadas, que en su discurso
denuncian las cosas que el pueblo repudia. Consecuencialmente, el artista que
se cranéa y realiza este teatro andante es el personaje más admirado de la
quibdoseñidad. En tiempos lejanos, estos disfraces eran llevados por barcos
para ser paseados en Cartagena el 11 de Noviembre y en Barranquilla en el
carnaval. Dos de estos artistas y físicos, expertos en poleas, dinámica,
cinética y otras ramas de la física, han pasado a
Concluido el
recorrido, empieza la verbena, el barrio anfitrión se llena de chirimías,
equipos de sonidos, rumbas en las casas, en las que para todos los visitantes
hay sancocho y licores. !!! hasta que San Juan agache el dedo¡¡¡
El tres de
Octubre desfilan todos los disfraces, las comparsas y el jurado define el
ganador en cada modalidad.
Un barrio que se
ha metido a la fuerza en la celebración no oficial, es llamado “Niño De Jesús”.
Allí la fiesta pagana hace el remate de dos semanas de alegría sin parar. En
las primeras horas de la madrugada se da un rotundo cambio a la dinámica paga
de la fiesta. Quibdo entero corre hacia la catedral a cantarle al seráfico, “Los Gozos”, obra imperecedera del padre
Nicolás Medrano. La liturgia y la religiosidad copan la escena.
Horas después se
recogerán las banderas que es la coda pagana de la fiesta o como dicen los que
nunca tienen cuando acabar “Lastima que San pacho, sea una sola vez al año”.
Ayala, Santos, Ana
Gilma.
Reseña Histórica de
la fiesta de San Francisco de asís.
Editorial
Publiartes Bueno´s
Quibdó 2002.
Carvajal rueda,
Alfonso.
El desencantado
De
Editorial
Bogotá 199
Ochiai, Kazuyasu.
Poética en la s
calles: Devoción Y diversión En la fiesta de san Pacho De Quibdó, Chocó,
Colombia.
En
Social aAd Festive Space In The Caribbean.
ILCAA. Tokio, Japón.
Pereachalá Alumá,
Rafael.
San pacho y mi
pueblo.
Inédito.
Velásquez Murillo,
Rogerio.
Revista Colombiana
De Folclor 2 Época. 1960.
Zapata Olivella,
Manuel.
San Pacho e
Inyamba.
Conferencia.
Quibdó 1986.
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Fragmentos De
Historia, Etnografía Y Narraciones del Pacífico Colombiano Negro.
Instituto
Colombiano De Antropología E Historia.
Bogotá 2000.


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