Afrodescendientes Por : ÓSCAR COLLAZOS, / Universal/ 26 de mayo/2007


 

"Por primera vez en seis años -informó Colprensa-, la Casa de Nariño sirvió de escenario para conmemorar el Día de la Afrocolombianidad." Lo probaba una imagen del Presidente de la República saludando a sus invitados, elegantemente vestidos para el acontecimiento. ¡Y qué acontecimiento! ¡La primera vez en seis años!

Para un hombre con memoria tan extraordinaria como el Presidente, el olvido de seis años no tiene explicación. Y no la tiene, sobre todo, si se precisa que la población afrocolombiana pasa del 25% del total de la población nacional. Y que en campañas para la elección del 2002 y la reelección del 2006, el Presidente debió de haber viajado al Chocó y a todo el litoral Pacífico, a Buenaventura, Tumaco y Guapi, a Cartagena y Barranquilla e incluso a San Basilio de Palenque.

De repente, iluminado por un viaje a Estados Unidos y acicateado por tensas conversaciones con la bancada afroamericana del Congreso norteamericano, Uribe recordó que en Colombia existían afrodescendientes. Regresó y nombró Ministra de Cultura negra, y de manera un tanto grosera, empujó hacia la puerta de salida a doña Elvira Cuervo de Jaramillo.

Nombró ministra y viceministro porque se lo pidieron en Estados Unidos. Y si no se lo pidieron, entendió que se lo estaban pidiendo, mejor dicho, exigiendo, porque los afroamericanos de Estados Unidos sí conocen las estadísticas y la composición de la población colombiana. Por eso corrió a improvisar en su agenda étnica, a meter rapidito y a la carrera a personas calificadas de la comunidad afrocolombiana.

Todo esto es vergonzoso. No porque se haya acordado de repente de la existencia de profesionales capaces en ese 25% de la población colombiana, sino porque nombramientos y celebraciones los hizo por el interés práctico de quedar bien ante una comunidad extranjera donde se negocia el éxito del TLC y el Plan Colombia. Si en Washington no le hubieran recordado que en Colombia existían negros con derechos civiles y capacidades para hacer parte del gobierno, Uribe hubiera seguido ignorándolos.

La reflexión anterior no demerita a la joven ministra de cultura. Su hoja de vida académica es notable. Pero la de cultura es una de esas carteras donde se entra a veces a aprender lo que no se conoce, algo que sería catastrófico si se hiciera, por ejemplo, en Hacienda o en Educación. Por eso se eligió el nombramiento en Cultura y no en otro ministerio.

Es posible que para muchos afrocolombianos estos nombramientos sean muy honrosos. Creo lo contrario. Fueron hechos, no por un reconocimiento sincero a los méritos personales o para equilibrar la descompensada balanza democrática, sino por la fuerza de unas circunstancias que, repito, deben más a exigencias del exterior que a políticas interiores. Yo diría que la "nueva" política del Presidente ante las comunidades afrocolombianas es sencillamente humillante.

Humillante aunque mañana le pida a José Obdulio Gaviria la redacción de un discurso en el que se demuestre la vocación pluralista y pluriétnica de la Administración. Y, tararí tarará, el consejero traerá a cuento la letra de la Constitución Política de Colombia, algo que no pudieron conseguir los parlamentarios chocoanos, tan calladitos y uribistas todos ellos.

En el fondo de su corazón grande (¿saben ustedes que en cardiología grande es un corazón que funciona insuficientemente?), el Presidente sabe que hizo a las carreritas algo que nunca concibió en su agenda de gobierno: darle un ministerio a los afrocolombianos.

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